El servicio expositivo: mucho más que “decorar” un espacio
Hoy quiero compartir una experiencia personal que invita a la reflexión sobre el llamado “servicio expositivo”. Hace unos días, el dueño de un bar que frecuento me propuso “vestir su bar con mi obra”, es decir, colgar mis cuadros para decorar el local, a cambio de permitirme poner un cartel con mis datos y el precio de las obras. En otras palabras, me ofrecía exposición (visibilidad ante sus clientes) a cambio de que yo le cediera mis cuadros gratuitamente para ambientar su negocio. Mi respuesta fue explicarle que eso es en realidad un servicio que ofrezco como artista, un servicio de exposición, y que no funciona como un canje sin más. ¿Por qué? Porque su bar no es una galería de arte, no tiene una cartera de clientes coleccionistas, no asume seguros por si algo le pasara a las obras, ni puede garantizar que se venda siquiera una pintura. En consecuencia, le propuse un honorario de $200.000 mensuales por el servicio expositivo, un alquiler por “vestir” su espacio con mi arte. Inmediatamente el dueño del bar rechazó la oferta. Este tipo de propuestas, me llegan al menos dos veces al año.
Esta situación evidencia un problema habitual para el ecosistema artístico y es la falta de valoración económica del trabajo del artista en espacios no convencionales. Somos muchos quienes nos enfrentamos a propuestas similares, ya sea en bares, restaurantes u otros comercios que buscan decoración “gratis” a cambio de la famosa “paga en exposición o posibilidad de venta”. En esta nota voy a analizar por qué exhibir tu obra es un trabajo que merece retribución, cómo calcular un valor justo por este servicio, qué condiciones mínimas exigir al exhibir en un local, y brindaré sugerencias pedagógicas tanto para colegas artistas como para la comunidad en general. La urgencia aquí es educativa, porque necesitamos generar conciencia sobre el valor del arte y el respeto al trabajo creativo. E invito a no generar un enojo para con los comerciantes, ya que entiendo que la falta de conocimiento en estos casos, viene de ambos lados.
¿Qué entendemos por servicio expositivo?
Llamamos servicio expositivo a la prestación profesional que realiza un artista visual al facilitar su obra para ser exhibida en un espacio que no le pertenece, con el fin de aportar valor estético, simbólico o cultural al lugar. Tradicionalmente, cuando exponemos en una galería de arte comercial, la galería no le cobra al artista por colgar sus obras; al contrario, suele invertir en la exhibición (montaje, inauguración, difusión) y gana dinero mediante una comisión sobre las ventas de las obras (por lo común entre 30% y 50% del precio de venta). Es decir, la galería asume trabajo y costos para generar un beneficio mutuo: vende la obra al público adecuado, el artista cobra su parte y la galería gana su comisión. En ningún caso una galería seria debe cobrarle alquiler al artista por el espacio de exhibición, según códigos de buenas prácticas como los de la Unión de Artistas Visuales en España, o como lo advirtió Meridiano, la cámara de galerías argentinas en su newsletter de abril 2025.
Sin embargo, el escenario es muy distinto cuando hablamos de espacios alternativos o comerciales no artísticos, por ejemplo, cafeterías, bares, restaurantes, hoteles, tiendas, oficinas, que ofrecen sus paredes para colgar arte. En estos casos, ¿Quién está prestando un servicio a quién? A primera vista, podría parecer que el propietario del local le hace un favor al artista al “darle un espacio para mostrarse”. Esta idea de que el artista recibe promoción a cambio de proporcionar contenido visual viene de viejas prácticas y hace mucho que perdió vigencia. Antes se asumía que exponer sin cobrar era normal porque la “visibilidad” obtenida era la compensación. Pero cada vez más, la comunidad artística entiende que eso es una falacia: la exposición por sí sola no valora las horas de trabajo invertido. De hecho, sigue habiendo quienes rechazan pagar honorarios de exposición con ese argumento anticuado (“te estamos dando difusión, ¿qué más querés?”). De hecho, esto es algo que escucho repetitivamente entre agentes que me contratan como gestora y productora cultural para llevar adelante sus proyectos, generalmente desarrollados desde sus oficinas de marketing. Esta mentalidad de “te compenso con visibilidad” debe revisarse, tanto en instituciones culturales como en negocios privados.
Entonces, en un servicio expositivo, es el artista quien está brindando un beneficio al espacio al ceder sus obras para embellecerlo y atraer al público. Pensemos en el caso del bar: al colgar mis cuadros en sus paredes, el bar obtiene una decoración única, un ambiente con identidad, incluso puede publicitar que apoya a artistas locales. No basta con “dar la pared”; si de verdad un comerciante quiere presentarse como promotor de la cultura local, debería estar dispuesto a remunerar ese aporte artístico o al menos cumplir ciertas condiciones profesionales.
Por qué exponer no es un canje justo (el mito de la paga en “visibilidad”)
El dueño de ese bar asumió que ofrecerme un rincón para colocar mis cuadros, junto con un pequeño cartel con mis datos, constituía un intercambio equitativo. Yo cedía gratuitamente mis obras para mejorar la imagen del espacio y, a cambio, recibía “exposición” y una eventual posibilidad de venta entre sus clientes. Sin embargo, en la mayoría de los casos, este tipo de propuesta resulta mucho más beneficiosa para el comercio que para el artista. Creo que hasta ahora no lo dije, pero llevo 20 años en el arte, soy una artista de mediana carrera con múltiples exposiciones. Esto lo cuento para que se entienda desde qué lugar estoy hablando.
Un bar o un restaurante no funciona como una galería de arte. Las personas que lo frecuentan van a comer, beber o encontrarse con otras personas, no necesariamente a conocer o comprar obras. Puede ocurrir que alguien se interese por una pieza y decida adquirirla, pero las posibilidades de que se produzcan ventas significativas son reducidas. El establecimiento no suele contar con una cartera de coleccionistas, una estrategia comercial ni una persona dedicada a mediar entre las obras y sus potenciales compradores. Una galería profesional, en cambio, trabaja con un público específico, presenta las piezas, acompaña las consultas y procura concretar ventas porque esa tarea forma parte de su actividad. Cuando nada de esto existe, la supuesta remuneración mediante visibilidad se convierte en una promesa difícil de medir.
A esto se suman los riesgos físicos que implica dejar la obra en un espacio ajeno y esto también lo digo desde mi propia experiencia. En un bar, los cuadros pueden quedar expuestos al humo o a la grasa de la cocina, a cambios de temperatura, a derrames de bebidas, golpes accidentales, intervenciones o robos. Frente a un daño, la pregunta es inevitable. ¿Quién se hace responsable? Las galerías y las instituciones que trabajan de manera profesional suelen establecer por escrito las condiciones de exhibición, el estado de las piezas, los seguros y las responsabilidades de cada parte. En muchos comercios no existe ninguna de esas garantías. Si algo le sucede a la obra, la respuesta puede reducirse a un “lo siento mucho”, como ya me ocurrió. El artista termina poniendo en riesgo su patrimonio, sus materiales y el resultado de muchas horas de trabajo sin recibir protección alguna.
Tampoco suele existir una garantía de venta, de devolución en buenas condiciones ni un compromiso comercial concreto. En muchas ocasiones, el acuerdo es completamente verbal. Todo queda sujeto a la buena voluntad del propietario, lo que puede generar dificultades al momento de retirar las piezas o reclamar por deterioros. Conozco casos de artistas que tuvieron problemas para recuperar sus obras después de exhibirlas en cafés y restaurantes, o que las recibieron dañadas. Cuando no media un contrato ni una contraprestación económica, exigir responsabilidades se vuelve más complejo. El comercio obtiene durante semanas o meses un espacio renovado y atractivo, mientras que el artista asume los costos, los riesgos y la incertidumbre.
Es cierto que cualquier exhibición pública puede producir cierta visibilidad, pero es necesario preguntarse ante quién se produce y qué resultados concretos ofrece. Que cien personas vean una pintura mientras comen un sándwich no equivale a conseguir cien compradores, y muchas veces tampoco conduce a una sola venta o a un contacto profesional relevante. Estas experiencias suelen terminar sin ventas, sin seguimiento y sin información sobre quiénes se interesaron por las obras. Puede haber excepciones y es posible que un visitante ocasional realice una compra o encargue una pieza, pero la suerte no constituye una estrategia sostenible para sostener una práctica artística.
La difusión adquiere valor cuando está dirigida a un público pertinente y se encuentra acompañada por acciones reales de mediación, comunicación y comercialización. Sin esas condiciones, la visibilidad puede convertirse en un espejismo que justifica el trabajo gratuito. Por eso, cada vez más artistas y organizaciones sostienen que la participación en exposiciones debe ser remunerada. La lógica es sencilla. Cuando una obra aporta valor simbólico, estético y comercial a un espacio, quien la produjo debería recibir una contraprestación por ese aporte.
Dentro de la cadena cultural suelen cobrar quienes curan, gestionan, producen, transportan o montan, mientras que el trabajo del artista continúa siendo tratado como una contribución gratuita. Esa desigualdad necesita ser revisada. La obra constituye el núcleo que da sentido a la exhibición y mejora la experiencia que el comercio ofrece a sus clientes. No existe una razón justa para que sea, precisamente, el único trabajo que no se paga.
En resumen, la propuesta de exponer gratis en un bar implica que el artista asume todos los costos y riesgos, y el local obtiene un beneficio estético y de ambiente sin invertir nada. No hay una reciprocidad real, por eso afirmo que no es un canje aceptable. Si el dueño del espacio quiere arte en sus muros, debe reconocer que está solicitando un servicio profesional, así como paga por la música ambiental, la limpieza o la decoración floral. Pretender que el artista “se conforme con la difusión” es perpetuar una idea obsoleta y desigual.
La propuesta de cobrar un honorario: ¿Cómo calcular un valor justo?
Cuando sugerí $200.000 mensuales por llevar mis obras al bar, pude ver en su gestualidad corporal que le parecía una locura, de hecho, rechazó la idea inmediatamente, ni siquiera la pensó. Es entendible que a alguien ajeno al arte esa cifra le resulte chocante (aunque para mi cuenta, son 3 cenas para 2 personas en ese mismo bar, al que voy siempre). Pero voy a desglosar desde mi subjetividad y experiencia personal ese número y, también en términos generales, cómo un artista puede calcular un precio razonable por un servicio expositivo similar.
Primero, es importante aclarar que no existe un tarifario universal para esto, (y pienso que no debería existir, pero es para otra charla) pero sí referencias que nos orientan. Por ejemplo, en 2020 una asociación de artes visuales de Argentina publicó un tarifario recomendado para honorarios de artistas en exhibiciones. Según ese documento, un artista emergente cobrando derecho de exhibición por una muestra individual en una institución de gran envergadura debería recibir alrededor de $40.000 (pesos de 2020) por la exhibición. Artistas de mayor trayectoria podían recibir más (aprox. $97.500 en el mismo contexto). Estos montos se pensaron para museos, centros culturales u otros espacios que sí ofrecen visibilidad de calidad y prestigio. Para espacios más pequeños o independientes, sugerían honorarios menores – incluso hasta un 70% menos en casos de galerías autogestionada.
Si uno actualiza esas cifras a la realidad inflacionaria actual (2025) en Argentina, esos $40.000 de 2020 podrían equivaler fácilmente a más de $200.000 hoy. ¡Así que mi propuesta no era una locura! Pero más allá de la cifra puntual, veamos qué factores considerar para calcular un honorario expositivo:
Duración de la exhibición: No es lo mismo prestar tus obras por una semana que por tres meses. Un criterio podría ser cobrar por mes de exhibición. Pensemos que durante ese tiempo la obra está ocupada en ese lugar y no puede estar en otro sitio vendiéndose. También vos vas a estar pendiente hasta que vuelva a tus manos. Cobrar mensual refleja ese uso prolongado de tu obra.
Cantidad y tamaño de obras: ¿Cuántas piezas te piden y de qué dimensiones/valor? Si vas a montar 2 ó 3 cuadros pequeños, quizá el precio sea menor; pero si vas a “vestir” todo un local con 10 obras grandes, el aporte es mayor. Podeés calcular un alquiler por obra. Por ejemplo: algunas empresas de alquiler de arte suelen cobrar mensualmente un porcentaje del valor de mercado de la pieza (por decir, un 5% del precio de venta estimado, por mes). Así, si una pintura vale $100.000, su alquiler mensual podría rondar $5.000. Sumando todas las piezas, más o menos tendrás una base. (Este porcentaje es orientativo; cada artista puede ajustarlo según le parezca).
Prestigio y concurrencia del lugar: ¿Qué tan beneficiosa es la exposición en ese lugar? Si (milagrosamente) el bar en cuestión resulta ser un punto de encuentro de coleccionistas adinerados o un café cultural famoso por vender obra, tal vez podrías ajustar el honorario a un monto mínimo o incluso exponer gratis a cambio de una buena comisión por venta, porque hay una probabilidad real de negocio. Pero la mayoría de las veces (por no decir todas) no es así. Acá tenemos que evaluar con honestidad si la visibilidad merece un descuento. En mi caso, este bar es popular como restaurante, no como galería. Su afluencia no garantiza nada en términos de arte, por lo cual cobrar un pleno honorario estaba justificado.
Gastos y trabajo involucrado: No olvidemos que montar una exposición conlleva trabajo y gastos para el artista: embalaje de las obras, transporte hasta el local, tiempo de instalación, luego desmontar, quizás retocar marcos o limpiar vidrio que se ensucie, etc. Todo ese tiempo de trabajo debe reflejarse en el precio. Un método es calcular cuántas horas te llevará toda la gestión y multiplicarlo por una tarifa horaria de tu trabajo (que es como debería cobrarse casi todo tu trabajo). Por ejemplo, si estimas 10 horas invertidas (entre traslados y montaje) y tu hora de trabajo la valoras en $X, entonces anadís $10*X al presupuesto.
Riesgo y seguro: Si el local no ofrece un seguro, tenés que considerar eso en el costo. Podrías sumar un “extra de riesgo” para cubrir potenciales daños. Incluso, podrías contemplar un depósito reembolsable: el dueño deja una suma como garantía que le vas a devolver si las obras regresan intactas (como el depósito, al momento de alquilar un inmueble). No todos accederán a eso, pero mencionarlo indica la importancia del cuidado de la obra. Siempre es prudente incluir en el precio un margen por riesgo. ¿Qué pérdida sufriría si una de estas obras se daña irremediablemente? Quizá no se pueda recuperar con dinero, pero al menos no trabajaste gratis encima de perder la pieza.
Con estos factores, ya se puede pensar un número. Generalmente, conviene preparar dos o tres opciones de propuesta:
Opción A: Honorario fijo (sin importar ventas) – ej: $200.000 al mes por exhibir hasta 10 obras, el local no toca comisión de lo que se venda.
Opción B: Comisión por ventas en lugar de fijo – ej: no te cobro nada por exponer si me garantizas que, si se vende alguna obra a tu clientela, vos como intermediario te llevas, digamos, 20% y el 80% es para mí. Esta segunda opción solo sería razonable si confías en que el dueño realmente promueve las ventas (lo cual en un bar es dudoso, pero podría darse si él tiene interés y experiencia en actuar de “galerista”).
También podrías combinar: un honorario simbólico más una pequeña comisión. Lo importante es que no sea todo ventajoso para el local y nada para Vos hasta que ocurra una improbable venta. Debe haber un equilibrio, y los beneficios tienen que ser reales y justos para todas las partes.
En mi caso, opté por pedir directamente un pago mensual fijo, porque intuía que ventas no iba a haber y prefería asegurar un ingreso. Además, con un pago fijo el bar asume seriedad: le duele más en el bolsillo y por ende cuidará más las obras y valorará el proyecto. O al menos eso es lo que pienso.
Condiciones mínimas para exponer en espacios no tradicionales
Supongamos que, más allá de todo, decidís exhibir tus obras en un bar, un café o un comercio que no funciona como espacio artístico. De hecho, es algo que hice en mis inicios a mis 20años. Puede que te ofrezcan un pago o que aceptes hacerlo sin cobrar porque la oportunidad te resulta conveniente. En cualquiera de los casos, es fundamental que las condiciones queden claras y por escrito.
No hace falta redactar un contrato de quince páginas ni certificar firmas ante escribano. Alcanza con un acuerdo sencillo firmado por ambas partes en el que se detalle qué obras se entregan, durante cuánto tiempo permanecerán exhibidas, en qué estado se encuentran y en qué condiciones deberán ser devueltas. También conviene establecer quién será responsable si una pieza se rompe, se deteriora o desaparece, y qué procedimiento se seguirá ante una eventual venta. Un documento breve puede evitar muchos malentendidos y, además, deja en claro que la exhibición forma parte de una práctica profesional. Los acuerdos sostenidos únicamente mediante audios de WhatsApp suelen ser muy simpáticos hasta que aparece el primer problema.
Lo ideal es que el establecimiento cuente con un seguro que cubra las obras durante el período de exhibición. Algunas pólizas comerciales incluyen bienes pertenecientes a terceros dentro del local. Cuando no existe esa cobertura, puede incorporarse al acuerdo una cláusula que establezca la responsabilidad del comercio frente a daños provocados por accidentes, negligencia o malas condiciones de conservación. Es posible que el propietario no acepte hacerse cargo, pero plantear el tema permite saber desde el comienzo qué grado de cuidado está dispuesto a asumir. Si ninguna de las partes ofrece cobertura, también puede evaluarse la contratación de un seguro temporal por cuenta del artista e incorporar ese costo al presupuesto de la exhibición.
La duración de la muestra debe definirse desde el inicio. Puede ser un mes, dos meses o el período que ambas partes acuerden, pero siempre conviene establecer una fecha de comienzo y una fecha de finalización. Si luego se desea extender la exhibición, las condiciones pueden renegociarse. Una prórroga implica que las obras continúan generando valor para el espacio y permanecen fuera del control del artista durante más tiempo, por lo que resulta razonable revisar el pago, especialmente en contextos inflacionarios. En acuerdos más formales se establece incluso un valor adicional por cada período que exceda el plazo original.
El montaje tampoco debería quedar librado al criterio de quien encuentre un martillo detrás de la barra. El artista tendría que participar o, al menos, supervisar la instalación. Es necesario acordar qué piezas se exhibirán, a qué altura, con qué iluminación y en qué sectores del local. Las obras deben mantenerse alejadas de cocinas, fuentes de calor, mesas, pasillos estrechos y zonas donde puedan ser tocadas, golpeadas o empujadas accidentalmente.
La cartelería también forma parte del acuerdo. Cada obra debería contar con una ficha que incluya la información necesaria o, al menos, debería existir un cartel general en un lugar visible con los datos del artista y una vía de contacto. Si la principal contraprestación ofrecida es la visibilidad, esa visibilidad tiene que ser concreta. Un cartel escondido detrás de una planta o tapado por el menú del día no cumple ninguna función.
La comunicación de la muestra no debería depender exclusivamente del artista. El comercio puede difundirla en sus redes sociales, incluirla en su sitio web, colocar un afiche o producir una pieza gráfica sencilla. La promoción conjunta beneficia a ambas partes. El artista amplía el alcance de su trabajo y el establecimiento puede comunicar que aloja y acompaña una propuesta cultural. También puede acordarse una inauguración, un encuentro con el público o una conversación en torno a las obras. Estas acciones ayudan a que la exhibición sea percibida como una propuesta artística y no únicamente como un reemplazo gratuito de la decoración.
Otro aspecto central es definir cómo se gestionarán las ventas. Una posibilidad es que las personas interesadas contacten directamente al artista y que el comercio no intervenga ni perciba comisión. Otra opción es que el establecimiento actúe como intermediario, reciba el pago y luego transfiera el importe correspondiente. En ese caso, hay que establecer de antemano si cobrará una comisión y cuál será el porcentaje. Algunas cafeterías se limitan a facilitar el contacto, mientras que otras solicitan un diez o un veinte por ciento. Cualquier modalidad puede discutirse, pero debe quedar acordada antes de comenzar la exhibición. Descubrir después de la venta que el local pretende quedarse con la mitad no es una estrategia comercial, sino una emboscada con café.
También es necesario organizar el desmontaje y la devolución. El acuerdo puede indicar quién retirará las obras, en qué fecha y cuánto tiempo tendrá el artista para hacerlo. Por ejemplo, puede establecerse que las piezas serán retiradas dentro de los cinco días posteriores al cierre y que el local se compromete a conservarlas expuestas y protegidas hasta ese momento. Esto evita que sean desmontadas antes de tiempo, almacenadas sin cuidado o abandonadas durante semanas en un depósito.
Cuando existe una contraprestación económica, conviene establecer también el momento y la modalidad de pago. Puede acordarse que una parte se abone antes del montaje y el saldo después del desmontaje y la verificación del estado de las obras. Para cobrar por un servicio artístico o cultural es importante poder emitir factura o el comprobante correspondiente. La formalización no es una exigencia ajena a la práctica. También forma parte de aprender a reconocer, presupuestar y cobrar el propio trabajo.
Todo esto puede parecer excesivamente burocrático para algo tan sencillo como colgar algunos cuadros en un bar. Precisamente allí reside el problema. Las exhibiciones informales suelen presentarse como acuerdos simples y amistosos, pero implican patrimonio, tiempo, producción, transporte, montaje, comunicación y responsabilidades concretas. Profesionalizarlas significa cuidar el trabajo y establecer mejores prácticas para todas las partes.
Quien realmente valore la presencia del arte en su espacio comprenderá que estas condiciones son razonables. Quien solo busque renovar el ambiente sin asumir costos ni compromisos probablemente pierda el entusiasmo cuando aparezcan las primeras preguntas. Es mejor descubrirlo antes de entregar las obras. Del mismo modo, valorar el propio trabajo exige dedicar tiempo a protegerlo, documentarlo y establecer límites. La profesionalización comienza cuando dejamos de confiar únicamente en la buena voluntad y empezamos a construir acuerdos capaces de sostenerla.
Sugerencias finales para colegas artistas (y un llamado a la comunidad)
Valorá tu trabajo desde el minuto cero. Cuando una está empezando, es tentador aceptar cualquier lugar para mostrar obra “por amor al arte”. Y está bien querer moverse, sumar experiencia, visibilidad. Pero incluso en tus primeras muestras, tratá de cubrir los costos como mínimo. Si el café no puede pagarte, pedile algo a cambio: consumo gratuito, que te cubran el enmarcado, o que te presten el espacio para un taller o charla donde vos puedas generar ingresos. No te vayas con las manos vacías pPorque si vos no valorás tu trabajo, nadie más lo va a hacer por vos.
Negociá con confianza, pero con tacto. Muchos dueños de locales ni se plantearon que deberían pagar por colgar arte. Capaz piensan “yo ya te estoy haciendo el favor de darte la pared”. Entonces, hay que cambiar esa lógica, pero sin ir a los bifes de una. Cuando hables del tema, explicales con claridad lo que implica para vos exponer ahí: el valor de la obra, los riesgos que asumís, en qué se diferencia esto de exponer en una galería, etc. Si ves que hay apertura, podés ofrecer distintas formas de acuerdo, como honorario fijo, comisión por venta, o una combinación.
Ahora, si directamente te responden con frases tipo “ni loco pago por esto, hay un montón de artistas que me traen cuadros gratis”, bueno... te toca decidir si vale la pena seguir con esa propuesta. Porque por más que te encante ver tu obra colgada, si te expone a que te boludeen o te genera pérdida, capaz la mejor decisión sea decir que no. Y sin enojarse, no pasa nada. Besito y chau chau.
Hacé red con otros artistas. Solas es más difícil, pero si compartimos info entre colegas, todo cambia. Muchas prácticas injustas (como galerías que cobran por exponer o locales que quieren arte gratis) siguen existiendo porque siempre hay alguien que acepta. Cuando nos plantamos colaborativamente, entre pares, las cosas empiezan a cambiar. Contale a tus colegas si una experiencia fue buena o mala, recomendá espacios que valoran el trabajo.
Eduquemos también al público. No es solo cuestión de hablar con los espacios o entre artistas porque la gente que va a esos lugares también tiene que saber lo que está viendo. Tenemos que comunicar que lo que está colgado es obra original, que tiene autor y valor. Por eso es importante que haya carteles claros, que el público sepa que puede contactar al artista, y que haya una mínima info para entender qué se está viendo. Si podés, contalo vos en redes, o escribí algo en tu blog. Explicá por qué cobrás por exponer. No lo pensemos como queja, pensemoslo como pedagogía.
La historia del bar que no quiso pagar $200.000 por colgar mis obras no es una anécdota aislada, me parece que es el reflejo de una lógica que subestima el valor del arte en la vida cotidiana. No se trata solo de plata, se trata de respeto. Un músico no toca gratis todas las noches en un bar solo por visibilidad., como unn diseñador no decora un restaurante sin cobrar porque “alguien puede ver su trabajo”. Entonces, ¿por qué el arte visual tendría que regalarse?.
Tenemos que dejar de pensar que hacer lo que amamos nos impide cobrar por eso. Como me dijo un colega una vez: “exponer está buenísimo, pero el banco no acepta ‘visibilidad’ para pagar la luz”.
En este texto traté de juntar argumentos y herramientas para que podamos empezar a decir “esto es un servicio, y tiene valor”. No es para pelearse con nadie, sino para empezar a ponerle palabras a lo que hacemos. Ojalá haya más bares, cafés, hoteles y espacios con arte en las paredes. Pero que no sea solo decoración linda para el fondo de una story, sino una muestra real de que hay interés en acompañar y sostener la producción artística. Por cierto, sigo yendo al mismo bar con la misma actitud de siempre, y esa charla con el dueño terminó en un desacuerdo, pero con mucho respeto.
Termino enfatizando la palabra clave: educación. Artistas educando a clientes y gestores sobre el valor de nuestro trabajo, y educándonos a nosotros mismos para saber decir que nuestro arte vale. Solo mediante la comprensión mutua dejaremos de ver propuestas unilaterales disfrazadas de favor. Que la próxima vez que alguien te diga “te ofrezco exposición a cambio de tu arte”, puedas sonreír y responder con seguridad: “Gracias, pero no trabajo de esa manera, charlemos sobre las condiciones”. Así, paso a paso, construiremos un entorno donde el arte se aprecie no solo emocional o estéticamente, sino también en su justo valor profesional.
¡Gracias por leer!
Marina Cisneros
Artista visual y gestora cultural