Profesionalizarse no es encajar
Hace unos días leí una publicación de una gestora cultural que decía que el énfasis actual en la profesionalización del arte le generaba cierto ruido. Su argumento sostenía que profesionalizarse implicaba que todos hicieran lo mismo, se comportaran de la misma manera y entraran en una estructura capaz de volver las prácticas artísticas aburridas y uniformes.
Lo digo sin muchas vueltas. Este tipo de mensajes me resulta problemático, no solamente por lo que afirma, sino también por quién lo afirma. Cuando una gestora cultural instala la idea de que profesionalizarse es sinónimo de homogeneizar, el daño no es menor, porque puede desalentar a los artistas a desarrollar las herramientas que necesitan para sostener su práctica en el tiempo.
La pregunta resulta inevitable. ¿Quién dijo que profesionalizarse significa hacer lo mismo que los demás? ¿De dónde surge esa afirmación? ¿En qué experiencias, investigaciones o bibliografías se apoya?
Confundir profesionalización con estandarización es un error conceptual serio, y diría que hasta peligroso. Profesionalizarse no implica perder singularidad ni someter el lenguaje propio a una fórmula externa. Significa adquirir la capacidad de sostener ese lenguaje dentro de un contexto real, complejo y, muchas veces, hostil.
Como señala Joan Morey en su libro Herramientas de profesionalización para artistas, profesionalizarse supone comprender al artista como un productor de obras y proyectos que cuenta con medios para ejecutarlos y con capacidad para gestionar sus producciones. Sin estas herramientas, resulta difícil desarrollar una labor creativa sostenida y establecer relaciones saludables con instituciones, galerías y otros agentes del campo artístico. También se vuelve mucho más difícil sobrevivir a los mundillos del arte, y esto último lo agrego yo.
La clave está en comprender que profesionalizarse no significa cambiar lo que hacemos, sino responsabilizarnos por nuestra práctica y por las maneras en que decidimos llevarla adelante, siempre en relación con aquello que deseamos construir desde nuestro ser artista.
Profesionalizarse amplía nuestra capacidad de acción más allá de la producción de obra. Hablar de profesionalización no es hablar de fórmulas ni de caminos únicos, sino de la posibilidad de gestionar una práctica artística tanto dentro de los circuitos institucionales como por fuera de ellos.
Una artista profesionalizada no es aquella que se adapta dócilmente a un molde. Es quien comprende su práctica, puede explicarla, reconoce los contextos en los que se inscribe y cuenta con herramientas para tomar decisiones conscientes.
En un momento histórico en el que existen muchísimos artistas produciendo al mismo tiempo, el verdadero valor no reside en parecerse a los demás, sino en la honestidad con la propia obra. Está en sostener una búsqueda real, comprometerse con un crecimiento continuo y evitar que la práctica quede completamente delegada en manos ajenas.
Profesionalizarse también es una forma de cuidar la obra y de cuidar nuestro ser artista.
Hacerse cargo del ser artista y Comprender la propia práctica
Profesionalizar una práctica artística no es alcanzar una meta abstracta ni adoptar un eslogan atractivo. Es un proceso permanente que requiere trabajo consciente, decisiones sostenidas y aprendizajes que no siempre resultan cómodos. En gran medida, profesionalizarse significa hacerse cargo del ser artista.
Sé que resulta imposible abarcar todas las dimensiones de ese proceso en una sola nota, pero hay algunos aspectos fundamentales que conviene revisar de manera constante cuando deseamos cuidar una práctica y proyectarla en el tiempo.
No podemos gestionar aquello que no comprendemos, incluso cuando se trata de algo que producimos nosotros mismos. Entender la propia práctica no significa reducirla, cerrarla ni inmovilizarla, sino aprender a pensarla mediante palabras, aun sabiendo que esas palabras siempre serán parciales.
Esto implica preguntarnos qué estamos haciendo realmente, qué problemas atraviesan nuestra obra y desde qué territorios, experiencias, intereses o tensiones trabajamos. El ejercicio no busca complacer a otras personas ni fabricar un discurso sofisticado. Busca ordenar el propio pensamiento y establecer un diálogo más claro con aquello que hacemos.
Comprender la práctica nos permite reconocernos como artistas, comunicar nuestro trabajo con mayor precisión y tomar decisiones vinculadas con su circulación. Esa capacidad se vuelve necesaria cuando participamos en convocatorias, presentamos proyectos, conversamos con una institución o compartimos nuestra obra en diferentes contextos.
También puede pensarse desde una situación mucho más sencilla. Si alguien quisiera entrevistarte para publicar una nota sobre vos y tu trabajo, ¿sabrías qué decir? ¿Podrías explicar qué hacés, qué buscás y por qué esa práctica resulta importante para vos?
Construir y sostener un lenguaje propio
Toda persona que está creando algo tiene un discurso, incluso cuando todavía no lo descubrió por completo o no sabe cómo expresarlo. El lenguaje no aparece de un día para otro. Se construye en el hacer, la observación, la insistencia, la lectura, la conversación y, muchas veces, la duda.
Construir un lenguaje propio no consiste en inventar una voz artificial ni en forzar una originalidad vacía. Significa animarse a reconocer qué nos importa, qué nos conmueve, qué preguntas atraviesan nuestra práctica y desde qué posición estamos mirando el mundo.
Hace unos días, desde mi rol como jurado, tuve que evaluar una convocatoria que recibió más de doscientas cincuenta aplicaciones. De ese total, al menos doscientos treinta textos parecían escritos con inteligencia artificial y no mostraban un trabajo posterior de edición, apropiación o adaptación a una voz personal.
Eran textos correctos, prolijos y funcionales, pero también resultaban intercambiables. Estaban llenos de expresiones bien construidas y, al mismo tiempo, vacíos de sensibilidad. Podían pertenecer a cualquier persona porque no permitían reconocer a nadie detrás de ellos.
¿Saben qué proyectos fueron seleccionados? Aquellos en los que todavía podía percibirse la sensibilidad del ser humano que estaba detrás. Fueron elegidos los textos que contenían una voz, una posición y una forma singular de decir, incluso cuando esa escritura conservaba ciertas imperfecciones.
Por eso es importante decirlo con claridad. No hagan simplemente lo que hace la mayoría ni escriban para satisfacer un modelo abstracto de corrección. Encuentren el lenguaje que mejor pueda representarlos.
Quien lee un texto de artista no busca necesariamente un catálogo de verbos técnicos ni una acumulación de conceptos vacíos, porque de eso ya existe demasiado y estamos bastante cansadas. Busca acercarse al artista, comprender desde qué lugar produce y percibir una sensibilidad, una mirada y una manera particular de relacionarse con el mundo.
Profesionalizarse no significa neutralizar la voz, sino afinarla y aprender a sostenerla. Toda voz se transforma con el tiempo, pero esa transformación no tiene por qué convertirse en una traición. Puede ser una manera de crecer en coherencia con una misma.
Desarrollar herramientas de gestión
Durante mucho tiempo, el arte funcionó de otra manera. Los circuitos eran más acotados, los recorridos parecían más lineales y las instancias de validación se concentraban en pocos espacios. Hoy ese escenario cambió radicalmente. El sistema del arte se transformó y, al mismo tiempo, existen montones de artistas produciendo, circulando y deseando acceder a oportunidades similares.
Este dato no constituye un juicio de valor. Es una condición de época que requiere distinguir dos instancias diferentes dentro de la práctica artística.
Por un lado, está la creación, que pertenece al territorio del deseo, la intuición, la exploración, el riesgo y el error. Allí probamos, fallamos, insistimos y flasheamos todo lo que necesitamos flashear. Esa dimensión es irrenunciable y no debería estar sometida a recetas.
Por otro lado, está la circulación. Cuando una obra o un proyecto busca encontrarse con otras personas, ser visto, leído, financiado, acompañado o exhibido, aparecen las herramientas de gestión. En ese momento, la potencia del hacer necesita estar acompañada por la capacidad de presentar lo producido, reconocer dónde podría circular, identificar a quiénes dirigirlo y establecer en qué condiciones deseamos hacerlo.
Desarrollar herramientas de gestión implica aprender a presentar un proyecto expositivo, seleccionar la información necesaria, solicitar una carta de recomendación, postularse a una beca o residencia y reconocer qué agentes del sistema tienen sentido para cada práctica. Nada de esto determina la obra ni limita su libertad. Lo que hace es habilitar su circulación y permitirnos construir un plan de acción fiel a nuestros deseos.
Confundir creación y gestión suele generar mucha frustración. A veces intentamos gestionar una obra que todavía no está preparada para circular. Otras veces esperamos que una obra terminada encuentre sola su camino, como si alguien fuera a descubrirla milagrosamente en el taller o dentro de un disco rígido.
Profesionalizarse requiere comprender que ambas instancias necesitan tiempos, lenguajes y herramientas distintas. Desarrollar capacidades de gestión no burocratiza la práctica ni la vuelve aburrida. Le proporciona condiciones para que pueda salir del deseo y transformarse en una experiencia concreta.
¿Es complejo? Sí. ¿Estábamos preparados para todo esto? Probablemente no. Aun así, resulta necesario cambiar el chip, asumir la responsabilidad sobre la práctica artística y trabajar por aquello que queremos ver crecer.
Entender los circuitos sin idealizarlos
Comprender los circuitos del arte no significa aspirar automáticamente a formar parte de todos ellos. Significa saber que existen, conocer sus modos de funcionamiento y reconocer qué consecuencias pueden tener para nuestra práctica.
Las instituciones, los museos, las galerías, las convocatorias, las residencias, las becas, los espacios independientes, las ferias, las colecciones y el mercado responden a lógicas específicas, manejan tiempos diferentes y tienen expectativas particulares. Idealizarlos o demonizarlos suele conducir al mismo resultado, que es la ausencia total de criterio.
Entender los circuitos nos permite decidir dónde queremos estar, dónde preferimos no participar, en qué momento tiene sentido hacerlo y bajo qué condiciones. También nos permite tomar decisiones coherentes con nuestros deseos reales, en lugar de responder automáticamente a aquello que supuestamente deberíamos hacer.
Comprender un circuito puede llevarnos a reconocer que no queremos formar parte de él, y eso también está bien.
En mis cursos escucho con frecuencia que, para ser visto o reconocido, un artista tiene que estar en determinado lugar. Cada vez que aparece esa afirmación, me interesa preguntar de dónde surge, en qué experiencia concreta se sostiene o si simplemente reproduce algo escuchado en una inauguración, en un comentario ajeno o en algún rumor del sistema.
Pensar profesionalmente también significa revisar estas creencias, preguntarnos si son viables, deseables y coherentes con nuestra práctica, y animarnos a construir recorridos que respondan a decisiones conscientes en lugar de obedecer mandatos heredados.
Profesionalizarse no obliga a encajar. En algunas ocasiones implica exactamente lo contrario, porque nos permite reconocer que ciertos espacios, dinámicas o valores no dialogan con nuestra práctica y que insistir en ellos solamente conduce al desgaste.
Comprender los circuitos también puede habilitar una pregunta mucho más potente. ¿Qué sucede cuando el lugar que necesitamos todavía no existe?
Crear otros circuitos, formas de circulación, modos de encuentro y sistemas de validación también constituye una decisión profesional. Los espacios autogestionados, las redes territoriales, los proyectos colectivos, las plataformas independientes, las exposiciones situadas y los formatos híbridos no surgen necesariamente de la improvisación, sino de una lectura crítica del sistema.
Para construir alternativas primero necesitamos comprender aquello de lo que deseamos alejarnos. No se trata de rechazar por desconocimiento, sino de elegir con conciencia.
En este sentido, profesionalizarse no significa perseguir legitimaciones ajenas. Significa construir recorridos posibles y coherentes con la propia práctica, especialmente cuando eso requiere inventar nuevas formas de estar y circular en el arte.
Reconocer el trabajo como trabajo
Quiero hablar de este punto sin romanticismos ni consignas vacías. El arte no siempre es trabajo. Para que una práctica artística se constituya como trabajo tienen que existir ciertas condiciones mínimas y, ojalá, también justas.
Crear o hacer arte no equivale automáticamente a estar trabajando. La instancia de la creación, ese espacio íntimo, necesario y muchas veces desbordado, no siempre se encuentra mediada por condiciones laborales. Puede estar atravesada por el deseo, la necesidad expresiva, la búsqueda o la urgencia simbólica.
El trabajo aparece cuando esa práctica entra en un marco de intercambio con otras personas, involucra responsabilidades, compromete tiempo y requiere condiciones acordadas. Reconocer esta diferencia no implica jerarquizar una instancia sobre la otra. No todo lo que hacemos como artistas es un trabajo remunerado, aunque todo trabajo artístico debería aspirar a condiciones claras y dignas.
Esas condiciones incluyen acuerdos explícitos sobre los tiempos, las tareas, los alcances y las formas de pago, junto con el reconocimiento autoral y conceptual, las condiciones adecuadas de producción, los honorarios o contraprestaciones correspondientes y el respeto por el tiempo y los conocimientos involucrados. Cuando nada de esto existe, probablemente estemos frente a una relación injusta.
Profesionalizarse no significa exigir que cada gesto creativo sea remunerado ni mercantilizar todos los aspectos de la práctica. Significa poder reconocer cuándo estamos trabajando, decidir conscientemente bajo qué condiciones aceptamos participar y dejar de confundir la vocación con una disponibilidad absoluta.
Reconocer el trabajo como trabajo es también una forma de cuidado hacia el tiempo, el cuerpo, la energía, la salud mental y la continuidad de la práctica.
Para que esta idea no quede reducida a una declaración abstracta, conviene hacernos algunas preguntas incómodas pero necesarias. ¿Sabemos cuál es el valor de nuestro trabajo? Más allá de los tarifarios disponibles, ¿podemos calcular el valor de nuestra propia hora?
No todos los artistas pueden cobrar lo mismo porque cada práctica involucra tiempos, materiales, conocimientos, trayectorias y costos de vida diferentes. Por eso necesitamos comprender todo lo que implica una tarea artística más allá del momento creativo.
También necesitamos reconocer qué servicios podemos ofrecer dentro y fuera del sistema del arte, explicar con claridad qué hacemos cuando alguien pregunta a qué nos dedicamos y aprender a mediar o negociar condiciones sin sentir que estamos pidiendo perdón o entregando un riñón en el intento.
¿Podemos distinguir cuándo una propuesta constituye una oportunidad real y cuándo es solamente una carga disfrazada de prestigio? ¿Sabemos decir que no sin sentir culpa? ¿Podemos decir que sí sin autoexplotarnos?
Estas preguntas no buscan respuestas inmediatas ni universales. Buscan algo más importante, que es desarrollar criterio. Profesionalizarse también supone revisar estas cuestiones sin cinismo, heroísmo ni romantización del desgaste.
Pensar la sostenibilidad
Hablar de sostenibilidad en una práctica artística no significa hablar de éxito, visibilidad permanente ni productividad forzada. Significa pensar una continuidad posible y preguntarnos cómo seguir produciendo sin agotarnos, desaparecer o quedar atrapados dentro de una lógica de esfuerzo constante que no conduce a ningún lugar.
Muchas veces, la dificultad para sostener una práctica no está relacionada con la falta de talento, sino con la ausencia de objetivos claros y planes de acción posibles. Trabajamos mucho, producimos obras, aplicamos a convocatorias y aceptamos propuestas, pero no siempre nos preguntamos para qué lo hacemos, hacia dónde queremos dirigirnos o a costa de qué estamos sosteniendo ese movimiento.
Hay una pregunta que me interesa especialmente. ¿Qué quiero ver crecer?
Pensar la sostenibilidad requiere preguntarnos qué deseamos que suceda con nuestra práctica en el corto, mediano y largo plazo, qué tipo de artista queremos ser, en qué condiciones queremos trabajar, qué proyectos merecen hoy nuestra energía y cuáles pueden esperar. También exige identificar las acciones concretas necesarias para avanzar hacia esos deseos.
Tener objetivos significa darle dirección al ser artista. Construir un plan de acción no implica controlar el proceso creativo ni anticipar todos sus resultados, sino preparar el contexto que puede volverlo posible.
Cuando no existen objetivos, todo parece urgente. En ese punto suelen aparecer el agotamiento y la frustración.
Pensar la sostenibilidad también implica reconocer límites vinculados con el tiempo, el cuerpo, la energía emocional y los recursos económicos. No se trata de producir más, sino de producir mejor y con una conciencia mayor sobre aquello que tenemos disponible.
No todas las personas podemos llegar al mismo tiempo a los mismos lugares. Tenemos formas de vida diferentes y esas condiciones también determinan las maneras posibles de ser artistas.
Profesionalizarse significa dejar de esperar que una convocatoria, una institución o una validación externa ordene nuestra práctica. Supone asumir la responsabilidad de construir un recorrido propio que pueda ser flexible, revisable y posible.
La sostenibilidad no es un destino definitivo. Es una práctica permanente y, en muchos casos, constituye la condición mínima para poder continuar siendo artista.
Volviendo al comienzo, profesionalizarse no significa volverse igual a los demás, copiar recorridos ajenos o adaptarse a moldes que prometen visibilidad a cambio de perder la propia voz. Significa reconocerse, comprender la práctica, aprender a cuidarla y construir un crecimiento coherente con los deseos personales.
En un contexto saturado de discursos, modelos y expectativas, profesionalizarse puede ser un gesto verdaderamente singular. No para encajar, sino para sostenerse. No para parecer, sino para seguir siendo.
¡Gracias por leer!
Marina Cisneros
Artista visual y gestora cultural