“¿Quién me creo que soy?” El síndrome del impostor en el arte
Hay días en los que mirar lo que hago me pesa. No porque no me guste, ni porque pierda amor por la práctica. Sino porque aparece una pregunta que vuelve como un zumbido constante. ¿Quién me creo que soy para decir que soy artista?
Esa frase vive también en muchas personas que conozco. Es uno de los temas más recurrentes en mis cursos y encuentros con artistas. La duda sobre la propia legitimidad, el miedo a estar “engañando” a los demás, la sensación de que en cualquier momento alguien va a venir a decirnos que nos descubrieron, que no somos lo que decimos ser.
Y se aloja con más fuerza en quienes se mueven por los bordes, en quienes no vienen de “la academia”, no tienen una familia vinculada al arte, todavía no expusieron en tal lugar, no viven en grandes centros urbanos o no se parecen a la imagen hegemónica del “artista exitoso”.
¿De dónde viene el síndrome del impostor?
El término síndrome del impostor fue acuñado en 1978 por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes, a partir de un estudio con más de 150 mujeres profesionales altamente capacitadas, muchas de ellas académicas o estudiantes de posgrado. Lo llamativo era que, pese a tener trayectorias exitosas, notas sobresalientes y reconocimientos externos, estas mujeres sentían que no merecían sus logros. Atribuían su éxito a la suerte, al esfuerzo excesivo o a que habían logrado “engañar” a otros para parecer más competentes de lo que eran.
Clance e Imes señalaron que este fenómeno se daba de forma desproporcionada en mujeres, influenciado por los estereotipos de género, la falta de modelos femeninos en roles de autoridad y el aprendizaje social de que brillar podía ser castigado. Aunque con el tiempo se comprobó que también afecta a varones, las mujeres (y aún más aquellas que se apartan de las normas hegemónicas) lo viven con mayor frecuencia e intensidad.
En el arte, este fenómeno se vuelve especialmente agudo. ¿Por qué? Porque el arte, a diferencia de otras profesiones, no tiene credenciales únicas ni validaciones definitivas. No hay un único camino ni una línea recta que nos indeique hacia donde ir, ni mucho menos cómo hacerlo. Y eso puede ser liberador, pero también abrumador: ¿cuándo se es artista “de verdad”? ¿Quién tiene la autoridad para decirlo?
A lo largo de la historia, la legitimación del arte estuvo ligada a estructuras de poder: academias, críticos, museos, circuitos cerrados. Durante siglos, ser artista era un privilegio reservado a varones blancos, europeos, con acceso a formación, materiales, tiempo y mecenazgo. Lo que no se ajustaba a ese molde era simplemente invisibilizado o relegado a lo naif, lo artesanal o lo marginal.
A pesar de los avances, muchas de esas lógicas siguen vivas (en el campo, en las instituciones, en los jurados, en la prensa especializada), pero sobre todo en nuestras cabezas.
Reconocer el malestar como síntoma del sistema
Sentir que no se es suficiente no siempre es un problema individual. Muy por el contrario, muchas veces es un reflejo claro de que estamos inmersos en un sistema que no nos valida, que no nos refleja, que no nos nombra. El arte, como campo simbólico, está atravesado por discursos de poder que determinan qué voces tienen valor, qué trayectorias se consideran legítimas, y qué cuerpos pueden habitar el centro. Cuando nos sentimos fuera de lugar, muchas veces no es porque algo en nosotras esté mal, sino porque el lugar fue diseñado sin contemplarnos.
Esto se puede comprender como una distorsión entre el observador que somos y las narrativas que hemos heredado. No nacemos con estas inseguridades, sino las aprendemos, las internalizamos, las volvemos parte de nuestro lenguaje interior. Y al hacerlo, sostenemos creencias que limitan nuestro accionar. Sentir que no somos suficientes no es solo una emoción, también es una interpretación de la realidad, aprendida en contextos que muchas veces han minimizado o desvalorizado nuestro hacer.
El síndrome del impostor, entonces, puede ser leído también como un síntoma de conciencia, una señal de que algo no encaja del todo, de que hay una incoherencia entre nuestro deseo y los mandatos externos que nos condicionan. Reconocer esa incoherencia puede ser el primer paso para diseñar nuevas formas de ser y hacer en el mundo del arte. Cuando tomamos conciencia del observador que estamos siendo, habilitamos la posibilidad de transformarnos, de crear nuevas conversaciones internas, de diseñar futuros distintos desde el presente.
No se trata de negar el malestar, se trata de entenderlo políticamente, como parte de una estructura más amplia que también podemos cuestionar, intervenir, transformar. Desde el arte, tenemos la capacidad de producir otras narrativas, otros símbolos, otras formas de legitimación.
Como escribió Audre Lorde: “Las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo.”
Quizás el primer paso para desmontar esa casa interna del impostor sea dejar de intentar habitarla, y comenzar a imaginar y construir una casa propia: con otros tiempos, otras reglas, otras formas de nombrarnos.
Desde ahí, desde esa nueva construcción, podemos hacer del arte no un lugar donde demostrar que somos suficientes, sino un territorio donde experimentar, donde fallar, donde crear sentidos más allá del juicio externo. Y sobre todo, donde dejar de ser obedientes a una voz que no elegimos, para comenzar a escuchar y fortalecer la propia.
¿Cómo salir de ese lugar?
No sé si existe una fórmula capaz de desactivar de inmediato la sensación de no ser suficientes. Sin embargo, entiendo hay pequeños movimientos y acciones concretas que, sostenidas en el tiempo, pueden ayudarnos a desplazarnos del juicio hacia un espacio más amoroso, más lúcido y más propio.
Uno de esos movimientos consiste en poner en palabras lo que sentimos. Nombrarlo alivia, pero también transforma la experiencia. Compartirlo con otras personas suele ser profundamente revelador. Cuando alguien se anima a decir “me siento un fraude” o “siento que no merezco estar acá”, casi siempre aparecen otras voces que responden “a mí también me pasa”. Aquello que parecía una falla individual comienza entonces a reconocerse como una experiencia compartida. La vergüenza pierde fuerza cuando deja de vivirse en soledad.
Por eso también es tan importante construir comunidad. La práctica artística no tendría que convertirse en una carrera solitaria ni en una prueba permanente de legitimidad. Rodearnos de personas capaces de reconocer nuestro trabajo sin exigirnos títulos, trayectorias impecables o logros espectaculares puede modificar profundamente la manera en que nos percibimos. A veces, una sola conversación con alguien que confía en lo que hacemos alcanza para desarmar días enteros de dudas. Una comunidad puede convertirse en ese espacio en el que volvemos a mirarnos sin el filtro del miedo y donde el trabajo colectivo sostiene, acompaña y devuelve sentido.
Registrar el proceso también puede ayudarnos a reconocer la continuidad de nuestra práctica. Anotar, fotografiar, guardar, documentar. El archivo propio sirve para presentarse a convocatorias, pero también funciona como testimonio de que nuestro trabajo existe, está sucediendo y forma parte de una búsqueda. Crear ese registro es construir una evidencia interna capaz de contrarrestar las narrativas que nos desautorizan. Incluso cuando una obra ya no nos representa o no nos gusta, sigue teniendo valor como parte de un recorrido. Poder volver sobre ella permite reconocer que estuvimos ahí, que hicimos, probamos, decidimos y aprendimos.
También podemos modificar las preguntas que nos hacemos. En lugar de insistir con “¿quién soy para decir que soy artista?”, podríamos preguntarnos “¿qué sucede cuando hago arte?” o “¿qué estoy buscando a través de esta práctica?”. Ese desplazamiento puede ser liberador porque nos aleja de la necesidad de una validación permanente y nos devuelve al cuerpo, al deseo y al hacer. Ser artista deja entonces de depender de una etiqueta fija y comienza a entenderse como una forma de estar siendo, de mirar, pensar, producir y transformar.
Aceptar el devenir forma parte de ese proceso. Nadie llega a ser artista como quien alcanza una meta estable y definitiva. La práctica se transforma constantemente, siempre estamos aprendiendo, corrigiendo, abandonando ideas y volviendo a empezar. Reconocer que estamos en tránsito puede aliviar la presión de encontrar una credencial que confirme de una vez y para siempre que pertenecemos a este campo. Ese espacio de incertidumbre también puede abrir lugar a una voz más propia y a una manera más honesta de sostener la práctica.
En ese recorrido, el error necesita recuperar su valor. Una de las trampas más crueles del síndrome del impostor es hacernos creer que equivocarnos invalida todo lo anterior y deja al descubierto que nunca fuimos aquello que decíamos ser. Pero el error no desautoriza la práctica. Forma parte de ella. Equivocarse también es investigar, probar límites, reconocer decisiones que no funcionaron y descubrir nuevas posibilidades. Quizás los errores no demuestran que no somos artistas, sino que estamos trabajando.
“No hay una escuela que enseñe cómo ser artista, ni tampoco un manual definitivo. Lo vamos descubriendo en la experiencia, en la práctica, en el hacer cotidiano.”
Imagino al síndrome del impostor como una especie de eco. Un eco que viene de voces ajenas, de familiares, instituciones, mandatos, pero que en algún momento aprendimos a repetirnos.
La tarea, entonces, no es silenciar ese eco a la fuerza, sino dejar de obedecerlo. Animarnos a poner en circulación nuevas voces, que sean más propias, más imperfectas, más sinceras.
Porque ser artista es una práctica viva. No es un título que se recibe, es una forma de mirar, de hacer, de estar en el mundo y en el arte.
Y si bien nadie nos enseña a ser artistas, tenemos la oportunidad de inventar esa forma. Eso, ni más ni menos, ya es suficiente.
¡Gracias por leer!
Marina Cisneros
Artes Visuales y Gestión Cultural